Y tú, ¿qué hacías en 1996? El transporte y la TxD

¿Recuerdas lo que hacías en 1996? Si no eres de la generación millenial seguramente pensarás que cosas no muy diferentes a las de hoy. Ok, think twice, pequeño saltamontes. ¿Tenías smartphone? ¿Tenías smart TV? Pues hazte a la idea de que todo se seguirá haciendo smart, incluido tu coche. Y no me refiero a la marca de vehículos biplaza.

Tengo la convicción personal de que el transporte es uno de los sectores que más cambios va a experimentar en los próximos años, y que esa metamorfosis integral está directamente relacionada con la llamada “transformación digital” (TxD). Es difícil vislumbrarlo en un contexto en el que hay mucho vendedor de enciclopedias de Internet que llama “transformación digital” a lo que solo es inmersión social media del departamento de marketing de la empresa. Pero la relación entre la TxD y la revolución que va a experimentar (y en muchos casos sufrir), el transporte, es radical. Veamos por qué:

  1. En la TxD el consumidor no entiende el concepto de pagar un bien, sino el de pagar por disfrutar de su uso.
  2. En la TxD el consumidor busca una satisfacción inmediata, pero contrastada, a su necesidad.
  3. En la TxD lo que no es social no existe. Asúmelo. Lo que no quiere decir que si eres social ya te has transformado (ojo con los “gurús” del Social Media).
  4. En la TxD no se discute que las máquinas asuman los roles pesados y rutinarios, y que se adapten al consumidor en tiempo real.
  5. En la TxD el valor empresarial no reside en el margen de beneficio sobre el coste del producto, sino en la explotación de los datos para generar economía basada en patrones de consumo a partir del conocimiento del consumidor.

Hay una serie de razones físicas, tangibles, ineludibles, que están presentes en los cambios más visibles y actuales de este sector. Entre ellos, y de forma muy destacada, el agotamiento de los combustibles fósiles. Está en el origen directo de la expansión de los motores híbridos y eléctricos, a los que ha impulsado de manera notable la alta competición, que ha sacrificado espectáculo en pos de la innovación (Fórmula 1). En la medida en que se necesitan motores cada vez más “inteligentes” para extraer el máximo potencial de consumos cada vez más reducidos, la confluencia con la economía del conocimiento está servida.

Pero estos factores no explican la evolución de este sector dentro del fenómeno de la TxD. Un post reciente en Mashable apunta algunas previsiones muy razonables a la par que interesantes. Quizá hasta ahora has visto los coches autodirigidos de Google como un experimento folclórico, simpático o propio de nuevos ricos digitales que no saben en qué invertir su dinero. Pues agárrate al asiento: en solo 20 años (repito: ¿recuerdas lo que hacías en 1996?), no solo te moverás en esos coches, sino que tendrás que ser un verdadero excéntrico para ser el poseedor de uno de esos vehículos, porque probablemente nadie querrá poseer un bien que no ofrece un valor que justifique su coste.

Te moverás en vehículos de Amazon. O de Google. O de Facebook, Microsoft, Apple… De Telefónica y sus competidores actuales si saben adaptarse al mundo en el que viven y entienden que su monopolio caducó el día en que la gran G empezó a tirar cable en EEUU. Construidos por Tesla o compañías que hoy nos parecen visionarias. Explotados por Uber, por Cabify, por Blablacar, por Lyft, con conductores-máquina asignados en función de tus gustos y patrones de consumo, expertos en las zonas en las que con más insistencia dejes tu huella de geolocalización, con capacidad para gestionarte en tiempo real una reserva en un restaurante, una sala de reuniones o un billete de avión… si el avión logra sobrevivir al inminente y prometedor Hyperloop. Ni qué decir de los taxistas, colectivo que en ciudades como Madrid están completamente sobredimensionados, con 16.000 licencias y se estima que más de 20.000 conductores en ejercicio. Con su carnet. Con su permiso administrativo. Con su gremio regulado. Con su arcaísmo institucional.

No serán viajes. Serán experiencias que compartirás con tus contactos, donde presumirás de las gestiones que hayas realizado gracias a la inteligencia artificial de la empresa que te lleva de un sitio a otro, donde verás en las pantallas de los otros coches a posibles amores fugaces brindados por Tinder únicamente para tus ojos, mientras proyectas en Mindder (el futuro twitter mental), un pensamiento fugaz. Usar los pies para acelerar, frenar o embragar será tan paleolítico como resulta hoy comprar el periódico de papel en el quiosco. Incluso lo será para caminar, porque las calles no serán peatonales, sino segwayistas. La liberación total y definitiva de las piernas, que se usarán para hacer ejercicio de forma voluntaria, no para recorrer azarosas distancias entre la boca de metro y la oficina, entre la parada del autobús y el portal de casa, entre el aparcamiento de calle y el garito donde tus amigos te esperan con una cibercaña en la mano.

Llamadme loco. Pero veo un mundo con un Hyperloop completando largas distancias, unos segways o sistemas ultraligeros de transporte individual para tus desplazamientos punto a punto, y con smartcars conectándote en ciudades donde vivirás en alquileres puntuales, a veces hasta diarios, y donde tus enseres te estarán esperando en tu destino, si antes no los ha intercambiado por otros más afines a tus necesidades un algoritmo inteligente de Amazon, o de Google, o de Facebook… el mismo que te lleva a tu destino, el mismo que te conecta con tus amigos, el mismo que te recomienda un proyecto profesional extremadamente afín a tus conocimientos…

 

¿Apocalíptico? No. Transformación Digital. ¿Qué hacías en 1996?

 

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